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Sección Tangent Adventures

"Isabel percibe un peligro que se hará realidad. ¿Podrá Ábaco defender a la familia Romero?"

RESUMEN

Isabel Gutierrez despierta junto a su marido Miguel de una pesadilla. En ella sueña que una momia los ataca. Lleva con este sueño cinco meses, tanto como con su embarazo, por lo que está preocupada.

Cuando marchan a trabajar, se llevan a sus hijos a la tienda familiar, allí son atacados por un ser que habla egipcio y capaz de resucitar a los muertos. La familia huye del combate cuando Isa descubre que tiene poderes y que con su mente puede paralizarlo.

En ese momento entra Ábaco, quien se lanza a intentar detener a la bestia, mientras Isa huye con su familia.

La batalla sale de la tienda, donde 𓅒𓅨𓂋𓍄𓏏𓏪𓅓𓇋𓊪𓏏𓊨𓊨𓊨[1] ataca al populacho que se concentra, creando un pequeño ejército de zombies. Por lo que Eloise ha de sacrificar el barrio para acabar con todos ellos.

Isa despierta cuatro meses más tarde preguntando por los Skrulls.

TRAMA

7:57

Isa: ¡No! —gritaba una mujer completamente sudando en su cama.

Miguel: ¿Qué pasa, Mami? —decía adormilado su esposo.

Isa: Acabo de tener un sueño horrible…

Una sábana era suficiente para quitar el frío nocturno en el mes de Junio en Almería. Isabel siempre fue muy friolera, no lo era así su marido, Miguel, y su cama de cabecero blanco de madera encolada bien lo sabía, al diferenciarse claramente la zona del caluroso padre y la de la madre.


Miguel bostezó antes de mirar el reloj.

Miguel: Como siempre en hora…vamos que te hago el café —indicó mientras se levantaba.

La pierna derecha de Miguel estaba deforme, de joven se le diagnosticó polio, debido a la infección que sufrió el sur de España en los 70, pero eso no le impidió ser portero de fútbol en su juventud, casarse y tener a dos hijos, y un tercero en camino. Agarró las muletas y se dirigió a la cocina.

Isa, por su parte, tenía ya una incipiente barriga por su tercer embarazo, que se encontraba en el segundo trimestre. Tanto llevaba con su futuro bebé como con aquella pesadilla. La tenía memorizada en su mente.

Intentando despejarse se levantó y pasó por los dormitorios de sus hijos. Isabelita acababa de cumplir los dos años, y a Migue le quedaban tres meses para cumplir cuatro. Se quedó en la puerta mirando cómo dormían. Acababan de acabar el “curso” en el colegio de infantil de su madre, maestra de profesión, y habían vuelto a su casa durante un tiempo, al menos hasta que volviese a empezar el curso y tuviesen que volver a vivir en casa de su madre. Los problemas de ser autónomos.

Encerrada en sus pensamientos, sus sentidos seguían funcionando y detectó el amargo olor del café. Una sonrisa se le dibujó en la cara y se dirigió a la cocina. Besó a su esposo en la cabeza y se sentó donde siempre, con su taza de café recién hecho, mientras su marido preparaba unas tostadas.

Miguel: ¿Y los niños?

Isa: A las nueve los despierto…

Miguel: No, me refiero a si esta vez los niños han sobrevivido.


Isa sonrió por su inocencia.

Isa: No…los tres morían a manos de la momia.

Miguel: Hace tiempo que no vemos esa película. —decía levantándose y dando un par de brincos hasta colocarse frente a su esposa, y con un rápido movimiento tocaba su frente con su dedo corazón— No sé cómo llevas 5 meses dándole vueltas a una pesadilla —continuaba intentando quitarle peso al asunto.

Isa: Yo tampoco. Pero tampoco es la película, Papi. Un hombre de tez blanca y cuerpo negro, con un rubí en su pecho, tiene a un chico tumbado sobre lo que parece un altar. A su lado un monstruo deforme y envejecido de labios azules le pone una mano en el hombro y se tumba en otro altar. El chico está muerto y tras una sangría lo conectan al anciano…

Miguel: Vaya cosas que sueñas…¿Y los niños?

Isa: Esa es la cuestión. Los niños no aparecen hasta el final del sueño. Segundos antes de despertar.


Miguel negaba con la cabeza mientras su esposa tomaba el café sorbo a sorbo.


9:59

Isabelita y Migue estaban en la parte de dentro de la droguería familiar, jugando con una miríada de juguetes de plástico que años más tarde recordarían como fascinante, pero ahora se veían asquerosos, llenos de babas y suciedad del suelo. Sus padres, mientras, atendían en la tienda a los clientes, junto a varios miembros de la familia de Miguel. Todos trabajaban en una tienda, pero Isa lo hacía en el local de enfrente, en un pequeño local al que llamaban “La Barraca” y que servía como papelería del barrio.

Ina: ¡Isa! —grita desde una orilla de la calle la hermana de Miguel.


Isa salía de la barraca, la cerraba y se cruzaba a la tienda, donde su cuñada la esperaba:

Ina: Era para que me trajeses…

Isa: ¿Una libreta y colores?

Ina: Sí…¿cómo lo has sabido?

Isa: No…no lo sé.


A lo lejos, Miguel veía la escena. Siempre había sido conocido por su intuición, y algo le decía que lo que le estaba pasando a su esposa en su tercer embarazo no era normal.

Miguel: ¿Un deja…?

Isa: Vu. Sí. Es extraño. Es como si este día ya lo hubiese vivido —insistió mientras cogía una botella de lejía CANO, y la colocaba encima del mostrador. A continuación se acercaba a los niños y de detrás de una de las torres de ordenadores saca una cebra de plástico y se la da a sus hijos, quienes construían un zoo. En ese momento entra una mujer que agarra la lejía y pasa por caja.

Mie: 'Chias mami.

Isa: De nada, hijo —le respondió, antes de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo—. ¡Oh, mierda! —dijo abriendo los ojos como nunca lo había hecho—. ¡Miguel, coge al niño y vámonos ya!


Isa agarró el carricoche y corrió hacia la salida, ante la cara de sorpresa de toda la familia que comenzaron a gritar, preocupados por lo que le pasaba a la mujer.

En un momento una explosión dentro de la droguería hizo caer las botellas y a la gente que estaba dentro.

Isa: ¡Vamos!

𓅒𓅨𓂋𓍄𓏏𓏪𓅓𓇋𓊪𓏏𓊨𓊨𓊨[1]: ¡di sȝ![2] —gemía una especie de ser momificado, de piel corroída y labios azules que se extendían a lo largo de su cara.


El ser comenzó a golpear por todas partes, buscando a los críos, destrozando los mostradores de cuarenta años, las estanterías y demás mobiliario de la tienda.

Miguel: ¡Isa corre! —gritaba mientras, con su muleta, escondía al crío detrás de él.


El resto de la sala había huído y solo había quedado Miguel y su hijo en un rincón. Miguel saltaba como podía con la única pierna que podía utilizar mientras dos lágrimas le caían, intentando tapar a su hijo, mientras la momia se le acercaba. Miguel levantó la muleta izquierda, obligando a la momia a reducir su avance, pero de un golpe hizo que la muleta volase por los aires.

El monstruo levantó su brazo izquierdo del que surgió una cimitarra de energía morada con la que fue a atacar a aquel hombre, sin embargo quedó paralizado durante unos minutos, mientras, en la puerta aparecía Isa con la mano extendida:

Isa: ¡Corred!

Padre e hijo salían corriendo hacia la puerta y cuando Miguel pasó al lado de su esposa no se resistió a preguntar, pero ella contestó antes:

Isa: No lo sabía…pero es fuerte. ¡Iros!


Apenas unos segundos más tarde el egipcio se gira con dificultad y, en una carrera, que sorprende por la rigidez de sus miembros, se lanza, cimitarra en mano, contra la mujer. Dos pasos más, y la momia parece distraerse cuando una nube de gas amarillento surgió de detrás de ella. Como si una tormenta de smog se extendiese a partir de su nuca.

Isa: ¿Cómo lo he hecho?

Ábaco: No fue usted —dijo en español una voz, claramente extranjera y que resonaba en algún tipo de caja metálica.


La mujer se giró, encontrándose una figura de látex con una especie de máscara.

Isa: ¡Ah! —gritó mientras intentaba huir por la puerta, chocando contra la figura femenina.

Ábaco: ¿Y tú quién eres? —decía aquella fría voz, ahora en inglés.

𓅒𓅨𓂋𓍄𓏏𓏪𓅓𓇋𓊪𓏏𓊨𓊨𓊨[1]:Hrw ḥr mȝˁt sḫpr tȝ.wy.

Ábaco: Pues me quedo igual… —dijo dejando de salir gas desde su boca.


El gas más parecía humo que una masa de aire, pero al fin y al cabo gas era.

La momia comenzó a tropezar consigo mismo el atravesar el gas. Ábaco aprovechaba para saltar sobre uno de los mostradores, cercano a la puerta. La chica rebotaba y caía sobre la momia. Era consciente de que ni pesaba, ni tenía fuerza, pero si vivía debería respirar, y qué mejor que respirar el veneno directamente.

Ábaco comenzó a sacar gas amarillento por su "boca", o bueno, la reja que cubría el espacio donde debería ir su boca. El gas pasó directamente a los pulmones de la momia, que comenzó a tambalearse, mientras se dirigía al exterior de aquel local. Se trataba de una tienda de cuarenta años, tres hogares antiguos almerienses. Tres casas tubulares, como cuevas, que evitan el achicharrante calor del verano almeriense. En algún momento fueron unidas para crear una empresa, y desde entonces se convirtió en un hermoso local que, ahora, se venía abajo por aquel monstruos que al salir a la calle, rodeado de gitanos y ancianas curiosas, aprovechaba para atravesar a todo aquel que podía con su arma. Los heridos caían al suelo, rodeados de una especie de ola de energía purpúrea que se dirigía desde su interior a la cimitarra. Tras ver las consecuencias que acarreaba el espectáculo, la gente se dispersó cual cucaracha bajo la luz.

— ¿Qué estás haciendo monstruo? —Decía mientas el gas que todavía estaba dentro del local salía, casi con vida propia y volvía a entrar en el desinflado traje.

𓅒𓅨𓂋𓍄𓏏𓏪𓅓𓇋𓊪𓏏𓊨𓊨𓊨[1]: ¿’’mut’’? ¡’’Di mut’’![3]

— ¿Y cómo te voy a parar yo?…me gustaría saber. —se preocupaba, viendo que su gas no parecía afectarle demasiado, e ignorando las palabras que comenzaba a repetir.

Isa: ¡Eh! ¿Necesitas ayuda?

Ábaco: Si no le importa.

Miguel: No lo hagas

Isa: Tengo que hacerlo, por nuestros hijos.

Miguel: ¿Y el que llevas dentro?


Isa señaló al monstruo mientras parecía detenerlo en el acto.

Isa: No sé cuánto aguantaré.

Ábaco: En 10 minutos… —respondía la muñeca de gas, pero para su sorpresa, las cinco personas a las que había cortado se levantaron del suelo, blancas como folios de papel y con sangre por los ojos. —¡¿What’s th…?!}


Ábaco no pudo terminar de hablar cuando uno de los seres se lanzó a por ella, mordiendo su traje y rompiendolo, lo que hizo que el traje se desinflara mientras continuaba hablando:

Ábaco: Vente muchacha, y avisa que nadie venga este barrio durante un tiempo.


Isabel miró a la mujer que se desinflaba mientras una especie de champiñón de gas comenzaba a formarse sobre el derrumbado cuerpo.

Ábaco: ¡Huye!


Isabel salió corriendo, no antes sin hacer un par de peinetas al monstruo, devolviendo el control de su cuerpo a la momia que, al ver el traje desinflándose intentó salir corriendo:

Ábaco: Hoy no…


De repente la bola de gas pareció condensarse, y un sutil pero constante chisporroteo comenzó a escucharse. Todo aquel en su interior comenzó a sonar como un ala en una freidora, se deshacían. Aquel humo era ácido, puro y duro, y los estaba consumiendo.

Ábaco sabía que ese no sería su final, pero alterar su cuerpo para convertirse en una sustancia ácida habría afectado al aire de alrededor, por lo que ese barrio no volvería a ser el mismo después de aquel día. Así, varios minutos más tarde, el gas desaparecía en una brisa, dejando su traje tirado y sin nadie en su interior.

En una casa, varias calles más arriba, una familia se abrazaba, temblorosa frente a una televisión ancha de 25 pulgadas.

Cuatro meses más tarde Isa: ¡No! —gritaba una mujer completamente sudando en su cama.

Miguel: ¿Qué pasa, Mami? —decía adormilado su esposo.

Isa: Acabo de tener un sueño horrible…

Miguel: La momia ya desapareció…

Isa: No, esta vez no era eso… Cielo, ¿qué es un skrull?

OTROS

Notas

Anotaciones

  1. ^ 1,0 1,1 1,2 1,3
    G16G36
    r
    U16
    t
    Z3mip
    t
    Q1Q1Q1
  2. ^ ”Dar niño”
  3. ^ ¿Madre? Dame a la madre
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